Del revés para poder retomar rumbo.

De cómo el duelo se me viene de nuevo a la boca del estómago. De cómo me he dejado invadir por la rabia y la tristeza. Pero no pasa nada. Todo esto pasará.

Nadie me (nos) dijo que fuese a ser fácil. Pero me han advertido mil veces más  en el plano de la maternindad que en plano de la maternidad de una niña trans*. Puede que porque nadie sepa nada. O porque a quien lo sabe (porque también le pasa) sólo le pillas de vez en cuando y en encuentros esporádicos multitudinarios que no favorecen la calma que necesita una conversación a pecho descubierto. Quizás porque no haya libros que hablen de la maternidad desde la necesidad de habértela tenido que reinventar completamente cuando ya habías cogido soltura (o sí los hay pero no sobre esto en concreto y que yo no tenga). Y que tampoco esta revolución trae manual de instrucciones.

¡¡¡M-E  C-A-C-H-I-S-S-S-S-S-S-S-S-S-S-S-S!!!

A veces me gustaría haber sido más estructurada. En general. Ser muy ordenada y metódica. Constante, persitente y tenaz. Y tener reglas inamovibles. Dogmas mamados desde casa.  Y hábitos tan profundamente arraigados que ni siquiera recordase cuándo los empecé. Pero nada más lejos. Tan libre que me he perdido muchas veces en un estado de indefinición insoportable de reconocer. Amplias las miras y muy enorme el horizonte. Pero faltaban estructuras. Esas sobre las que los demás construyen sus vidas, su pequeño legado de dignidad. Y las que les mantienen dignos así pasen tempestades de dolor y años. Y digo que me gustaría tener esas bases sólidas porque así no me cuestionaría todo tanto, todo el tiempo. Desde que tengo uso de razón. Que las cosas fuesen así ¡Y PUNTO!

¿Por qué cuento esto? Si esto es el diario de una familia trans. Y aquí se habla de transexualidad de manera muy personal. Pero que es que ante todo -o justo después de mí- soy madre. Como tú o como tu mujer o como tu vecina. Y me duelen mis hijas. Y me duele el estómago desde que hace un mes estuve en el hospital en nuestra primera cita con el endocrino que, llegado el momento, pactará con nosotros, los padres, la estrategia de bloqueo hormonal como primer paso para transexualizar el cuerpo de mi hija transgénero.

Y aquí es donde encaja la terapia hormonal. Primero la fase de bloqueo hormonal que se inicia en la pubertad para evitar que el cuerpo se desarrolle y se inicie el programa de evolución de niño a varón. Esta fase es muy importante iniciarla en el momento adecuado en base al crecimiento óseo de tu hijo para que no llegue a desarrollar la nuez y a agravarse su voz (previo paso por los míticos gallitos del adolescente). La nuez y la voz, una vez desarrollados, no tienen reversión. Con esta fase el cuerpo se prepara para la futura fase de hormonación.

En lo personal, la fase de bloqueo hormonal sirve para asentar la identidad de género de manera inequívoca (requisito legal de quienes piden pruebas de la identidad de género). Si tu caso fuese el único que se conociese en España y tu hijo te dijese que necesita volver a su identidad de género anterior no tendríais más que retirar el bloqueo hormonal y volver a vuestra vida anterior (te apuesto lo que quieras que no va a estar ahí esa vida que recordabas. Has cambiado tanto que ya nada lo ves igual).

Sobre los mitos del arrepentimiento del tránsito hay un artículo muy interesante en el Huffington Post (en inglés) por si queréis ahondar en el (no) tema.

Pasados unos años, cuando la identidad de género sentido es inequívoca (y lo tienes que demostrar mil veces más que si estuvieses opositando a abogado del Estado) se inicia la terapia hormonal cruzada. Estrógenos principalmente para que mi hija, además de SER una chica, desarrolle un cuerpo DE chica. Le saldrán pechos. EN SERIO. Se le levantará la aureola en un momento dado y poco a poco desarrollará senos de mujer (yo no tenía ni idea de esto y pensaba que sólo se conseguía por implantes). Se le quedará una voz dulce y/o aguda (¡¡me temo que va a ser esto último!!). Pero seguirá teniendo pene. Y testículos (esas bolillas que le he lavado de bebé con todo el amor y la espuma del mundo).

Y hasta aquí recuerdo todo bien respecto a la cita con el endocrino. Recibiendo información muy detallada, clara y sencilla por parte de un profesional muy experto en el tema y referente en el acompañamiento médico de la identidad de género. Y muy cercano.

Me quedé con casi todo y entendí para qué era cada prueba que de aquí en adelante (y empezando el mes que viene) le van a hacer a Sol para asegurarnos de que la estrategia hormonal se diseñe a su medida y se inicie en el momento exacto para que sea un éxito con todas las garantías. Hasta ahí, bien. De verdad. Lo malo vino cuando hice una pregunta que estaba deseando hacer pero que a la vez me gustaría no tener que hacer. ¿Y con sus genitales masculinos, qué pasa? Lo dije muy tranquila y receptiva, pero mi tripa de madre se retorció cuando me caí del guindo y me di cuenta de que si ella quiere, cuando quiera, podrá operarse. No es obligatorio, no es “lo que hay que hacer”. Podrá ser una mujer de pleno derecho pero con pene. Es su cuerpo, es su vida. Y sólo ella decidirá sobre él. Como debe de ser. Me pasé el verano pasado empollando el libro TRANS*EXUALIDADES, de Lucas Platero y me ayudó muchísimo a entender a mi hija y prepararme para ayudarla. Pero para esto no estaba preparada. O me pillaría con la guardia baja.

Será el patriarcado falocéntrico que me caló y que se respira. Yo qué sé. Pero me dolió la idea de que mi hija, que fue mi hijo que parí, tuviese que pasar por esa operación. Y no solo por querer evitarle cualquier dolor físico. Sobre todo por lo irracional del malestar que siento desde esa primera cita con el endocrino. Siento dolor. FÍSICO. Me duele el pecho. De manera aguda pero sutil. Lo tapo con muchas tareas y trabajo. Pero cuando la lista de cosas por hacer se termina (o me aburre) me doy cuenta de que, de nuevo, la angustia silenciosa sigue ahí.

No cuento esto para quejarme ni para pedir ayuda. Lo escribo para ser consciente de ello, tenerlo vigilado y poder controlarlo. Me conozco y funciono así. Esto pasará. Me agobiaré un poquito más pero tardaré poco en pasar a la siguiente etapa. La euforia. La de relativizar mucho y positivizar más. En este punto es donde empieza a mejorar todo. Y luego llegará el punto de equilibrio. Fluiré fenomenal y habrá armonía. Ese es mi estado natural y lo que aspiro a mantener.

Pero ahora sólo puedo sentir pérdida. Y me lo voy a permitir porque no puedo huir de ello. Ni quiero, creo. No voy a negarme lo que siento. Lo voy a masticar y a rumiar hasta el desgaste del tema.

Para poder seguir acompañando a Sol.

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